Cuando el 14 de septiembre de 1810 se proclamó la libertad en Cochabamba, se lo hizo pensando en la idea de patria y en la constitución de la República. Ahora que la República ha sido abolida como forma de organización del Estado, en la ‘Llajta’ se está instalando un debate que consiste en qué es lo que se debe celebrar.
“Algunos consideran que es más importante el nacimiento del Estado Plurinacional en enero de 2006 que el 6 de agosto de 1825”, comenta el investigador social Roberto Laserna.
Está claro que lo que se celebra es la emancipación del yugo español, contra el que protestaron, en 1730, Alejo Calatayud y los mestizos, que no querían perder el privilegio de no pagar impuestos, otorgado por la Corona a los artesanos. Después llegaron las rebeliones indígenas de 1781, con una clara intención de sustituir la estructura de poder colonial por la del Inca, explica el cientista social Gustavo Rodríguez.
Antes del estallido de la rebelión en 1810, como señala el investigador Humberto Solares, comenzó el declive de la plata que se producía en Potosí. Eso ocasionó que los hacendados comiencen a arrendar sus tierras. Los campesinos vieron en esta actividad una forma de escapar de la mita, que los conducía a una muerte segura en las minas. Este trabajo en el campo fue el origen de un sistema de comercio que perdura hasta hoy: las ferias agrícolas.
De hecho, algunas secciones municipales como Colcapirhua, están organizando ferias como una forma de celebrar el Bicentenario. Coinciden los investigadores en que estas actividades buscan potenciar el mercado interno, puesto que Cochabamba no tiene, como otros departamentos, límites con países vecinos.    
En este contexto se realizó la gran sublevación de 1810 que encabezaron Francisco del Rivero, Esteban Arze y Melchor Guzmán Quitón, que con mil hombres tomaron el cuartel de Cochabamba y derribaron el gobierno del realista José González Prada.
A 200 años de esos hechos, la celebración ha despertado el orgullo de ser cochabambino y un reforzamiento de la identidad regional, asegura Solares.
Es también la oportunidad para reflexionar por qué en ese departamento no existe una agrupación o clase social que liderice un proyecto común. El comité cívico, por ejemplo, carece de poder de convocatoria; los gremiales y los transportistas son poderes que pueden paralizar la región y cambiar un alcalde; las clases medias son ambiguas y adquieren poder al sumarse esporádicamente a figuras que pueden tener popularidad (Manfred Reyes Villa o el actual gobernador, Edmundo Novillo) y los campesinos han demostrado también su poder, describe Solares. Brilla por su ausencia un sector que aglutine voluntades, como la minería en Oruro y Potosí, o la agropecuaria en Santa Cruz. No se extraña Laserna de que una encuesta acerca de la característica de la personalidad del millón y medio de cochabambinos, realizada por Los Tiempos, señale -con una gran dosis de autocrítica- a la envidia como el rasgo más común. Ese rasgo, que en realidad manifiesta una tendencia al individualismo según los analistas, se hace patente en el manejo familiar de la producción agrícola, en los pequeños sistemas de transporte entre las poblaciones intermedias y en el comercio; se ve incluso en las expresiones culturales. “Cuando llegó la morenada de Oruro a Cochabamba, desaparecieron los siervos; todos bailaban como capataces, aunque no tengan a quién mandar”, comenta Laserna.
La fragmentación de poderes de Cochabamba no es vista como buena o mala por los entrevistados; simplemente ‘es’. Por esas características de producción en pequeña escala, formadas hace más de 200 años, obras como un ferrocarril que conecte Santa Cruz con Cochabamba, razona Laserna, pierden importancia.
Para el productor cochabambino es más útil un camioncito, con el que sacará al mercado sus 40 arrobas de papa, que un vagón de tren, que puede ser conveniente para un lugar de monocultivo como la soya.
Volviendo a la encuesta, hay otra característica del poblador de los valles; es el gusto por la comida y la bebida, al punto de que es corriente decir que el cochabambino no come para vivir, sino vive para comer.
La rebelión indígena fue olvidada
A fines de febrero de 1781, estalló una sublevación indígena en Cochabamba. El investigador Gustavo Rodríguez Ostria, que recorrió archivos de Bolivia, Argentina y España para reconstruir la rebelión, explica que si bien ésta no tenía el objetivo independentista, tal como se lo entiende desde 1825, la sublevación claramente tendía a la construcción de una sociedad que aboliera la mita, el tributo y devolviera las haciendas a las comunidades indígenas. En suma, quería acabar con el poder español a favor de los indigenas, además de que planteaba el retorno del Inca.
No hay, como en el caso de las sublevaciones en Perú, La Paz y Chuquisaca, figuras visibles como Túpac Amaru, Túpac Catari y Tomás Catari. Apenas se mencionan algunos nombres cochabambinos como Martín Ucho o Isidro Orozco, que encabezaban algunos ayllus, cuyos combatientes se reconocían como soldados de Túpac Amaru, que para la época del levantamiento, ya había muerto. La historiografía boliviana ignoró estas rebeliones calificándolas como violentas y anárquicas, mientras consideraba a las de 1810 como encarnaciones de una voluntad colectiva y asociada a la idea de patria.
     Figuras   
Esteban Arze | El organizador
Nació en Tarata en 1770. Era militar. Fue perseguido por los realistas por conspirar en contra de los peninsulares, lo que lo obligó a refugiarse en Cliza. Ahí organizó un ejército de patriotas con el que marchó sobre la ciudad de Cochabamba el 14 de septiembre de 1810, fecha en la que estalló la lucha por la Independencia. Marchó luego a La Paz y en el camino se enfrentó a los realistas en la batalla de Aroma.
Francisco del Rivero | El estratega
Nació en 1765. Militar. Presidió la Junta de Guerra, de la que también formaba parte Arze. El 14 de septiembre entró en el cuartel de la ciudad, después de que los hermanos Melchor, Bartolomé, Justo y Manuel Guzmán atropellaran la guardia a galope violento. Una vez dentro, proclamaron la revolución, con las espadas en alto. Francisco del Rivero convenció a los soldados de sumarse a la causa./ El Deber